
Ya de vuelta de Buenos Aires, en una semana de verano austral en medio del gris invierno de Lisboa, que ha servido, además de para salir de la lluvia casi permanente de la costa Atlántica, para no oír noticias de la triste península en la que vivo desde que nací.
En especial, destaco la enésima payasada del nacionalismo patrio, en este caso el catalán. En medio de una crisis que lleva a España a ser el país con mayor porcentaje de desempleados de la OCDE (ya no hablamos de la UE), con el segundo teniendo casi la mitad. Cuando no parece que se vaya a salvar ni una sola empresa, en especial pymes, unos arrogantes pretenciosos deciden que, superiores a todos, se refrendan sobre su propia masturbación autoindependentosolitária con el único fin de no ser como los demás y, sobre todo, no pagar impuestos. Eso sí, integrados en la UE, con los criterios del Euro pasados e imagino que con la regulación de caudales transfronterizos preparada para no pasar sed en verano. Y eso, hasta amenazar a los territorios vecinos con una expansión que deciden ser evidente y necesaria y que se comería medio territorio del Estado "opresor".
Ante estas idioteces que me recuerdan al vecino tonto en las reuniones de comunidad, preocupado con el color de la pared mientras arde el edificio, no hay muchos argumentos. Ver países con problemas reales que se preocupan en solucionarlos y ver a España que incluso cuando no los tiene los inventa (y cuando los tiene, aún más), es algo que revuelve las tripas de cualquiera que haya leído más de un libro (versando más de un tema, con más de un punto de vista).
Empresas cerrando, trabajadores en la calle, las pensiones en peligro, diecisiete gobiernos con miles de parásitos y ninguna dirección.
Y ellos, en ésto. Y claro, sacan un 94% de síes. Como en Marruecos o en Ruanda. Escogiendo bien el donde, cuando y como de la elección.
En un país democrático, contrariamente a lo que pensamos los esperpénticos iberos, adalides de la libertad y siempre esclavos, cobardes lameculos de todos los dictadores, hay algunas cosas que no se pueden discutir.
La primera es la propia esencia de la democracia. La segunda es la ley fundamental que la rige.
La tercera es quien se encuentra incluido en esa democracia.
Porque no sólo la lengua o el territorio son motivos de independentismo o de desobediencia civil. También lo puede ser la insumisión fiscal simple, el color de los ojos o el descontento. Y así, cada uno promulga su ley, cada uno independiza su piso y no se paga ni la comunidad.
Porque, contrariamente a la expresión retórica que usan, no por ser muchos se tienen más derechos. Eso es en las tribus y en el fascismo. Los derechos son del individuo, del ciudadano y no de ese ente abstracto y peligroso llamado "pueblo". Me dirán que si España también es una nación. Pero es más un conjunto de ciudadanos, un status quo, una democracia, antes que un país. Y si no lo es, debería ser ese el objetivo y la preocupación de todos. Y no saber donde ponemos el mojón de la linde.
Igualico que en el neolítico. Estamos como estabamos y quizá sea lo que merecemos.
Discutiendo el sexo de los ángeles cuando deberíamos vigilar nuestros derechos humanos y ciudadanos, la mejora de la justicia y de la sociedad, la supervivencia de la seguridad social, la destrucción de paisajes históricos y naturales, la reestructuración económica, la mejora sanitaria y el futuro de todos.
O también podríamos hablar de fútbol.